domingo, 26 de septiembre de 2010

Vivir para cantar...y viceversa


La música es un arte del que
todos pueden ser exponentes. Es un punto de encuentro, un lugar de pertenencia y un motivo de trabajo para el Coro Polifónico Nacional de Ciegos Carlos R. Larrimbe.

No caer en esa típica costumbre de andar con cuidado cuando se trata de aquello que las unidades paternales, educativas o gubernamentales suelen llamar
‘habilidades especiales’, puede convertirse en un reto incómodo. Aunque, por otra parte, la lógica también provoca pensar: si Bach fue ciego y bordó su nombre con hilos de oro en la historia al ser uno de los mejores compositores de la Era Barroca, su verdadera habilidad se encontró en componer toccatas y misas en sí menor que se reprodujeran imparablemente en discos compactos de colección.

La misma habilidad que provocó que Ray Charles cosechara el éxito ‘haciendo desastres’, tal como lo reflejó en ‘Mess around’, y con la que Stevie Wonder ha mostrado su genialidad al ser uno de los artistas más consumados de la Motown con ese peculiar ritmo de su cabeza, moviendo sus trenzas de lado a lado, al entonar ‘Part time lover’ en los teclados. ¿Y cómo olvidar a José Feliciano?, si en los ochenta, con su romanticismo compuso ‘¿Por qué te tengo que olvidar?’, una canción obligada para toda escena de reconciliación de parejas melosas.

Hablar y debatir de música con gente a la que, igualmente le apasiona este arte, siempre es un placer inexplicable y, más aún, escucharla en vivo, inclusive si es un ensayo. El primer piso de un edificio de mediana antigüedad en la calle Austria 2561, en el corazón de Recoleta, retumba todos los días al escuchar la voz de alrededor de 60 cantantes que, a pesar no rockear ni cantar el reggaeton actual, entre sinfonías y
sonatas, dan cuenta de esa habilidad de la que en párrafos anteriores se relataba.

Calentamiento.
Marilú Anselmi es mezzosoprano, una internacional intérprete coral y, para añadir, paraparadora vocal de este reconocido Coro Polifónico Nacional de Ciegos Carlos R. Larrimbe. Se ubicó de pie ante el piano de cola con tapa cerrada. Esperó a aquellos que se encontraban fuera, en una pequeña sala de espera, amontonados y platicando entre ellos y el aire. Pusieron en movimientos sus bastones blancos y largos, lado a lado haciéndolos colisionar con el piso de madera.

Paso a paso se fueron ubicando, por el uso de la memoria, en sus respectivos asientos como todos los días. Las sopranos, en las primeras filas de la izquierda. Los tenores, tras ellas. Por último, los bajos. Cercanas a tres gigantes vitrinas, se ubicaron las contraltos, junto antiguos cristales de la misma edad del recinto.

En medio de una clave en los teclados y un saludo, Anselmi inició su trabajo: calentar y preparar las voces. Todos de pie y entre todos los tonos, de a poco, cada uno ensayó de acuerdo a su color, fuese soprano, tenor, bajo o contralto. Conforme se concluía el ejercicio, fueron tomando asiento hasta su conclusión, acompañada por el agradecimiento de la preparadora, su retirada y la nueva entrada del director del Coro: Osvaldo Manzanelli.




Pautas sonoras. Al principio, provocó una impresión el escuchar las escalas vocales a las que lograban llegar todos los cantantes. Luego la conmoción, la emoción, lo sentimental y, de nuevo, lo asombroso. Ese exquisito subidón, estremecedor y tierno a la vez, en el que nunca se sabía qué esperar. La incertidumbre de cuál sería la próxima nota dependía de un conjunto de indicaciones y códigos particulares, pocas veces vistos en el manejo convencional de una orquesta o un coro.

Desde el inicio de su conducción, Manzanelli, quien el próximo año cumple 20 años como director, tuvo un insistente objetivo: el hallazgo de nuevas formas de conexión entre él y sus coreutas. Curiosamente, esta conexión se realiza mediante su respiración, un código personal que indica el momento en que cada grupo de voces debe entrar en escena, acompañado de un sonido provocado por un afinador de piano y su reloj. “Al no ver y lo gestual está impedido, necesitamos una pauta sonora para coordinar en determinado momento el trabajo musical. Canto todo el tiempo, hablo y mediante el sonido del afinador y el reloj, hay una pauta sonora que no debe obstaculizar la música. También mi respiración, como punto de encuentro”, afirmó. “Al estar cantando, deben estar alerta y siguiendo las indicaciones. Cada uno debe saber, al escuchar esa pauta, para quién está dirigida esa indicación”, explicó Manzanelli sobre este adiestramiento personal, el que tomó su tiempo de adaptación.

No es una dificultad ni una complicación. Dirigir un coro no vidente es un desafío: “encontrar nuevos caminos en la comunicación: mi respiración, cantar la pauta sonora y deben haber más, pero personales para cada cantante”, afirmó.


Coro Polifónico Nacional de Ciegos Carlos R. Larrimbe from Alicia Mon Chambers on Vimeo.

La bendición del cuarto arte. El poder de la música es algunas veces tomado a la ligera y muchas veces despreciado. Producir sonidos que acompañen momentos no es su única virtud, algo que tienen más que presente aquellos que la hacen y no solamente se dignan a interpretarla: “Lo mejor de la música es compartir lo que los demás me ofrecen para escuchar, cuando hay alguien que me dice que algo que está bueno y debo conocerlo. Llegar a algún lado, cuando canto, al público en frente o a las personas que tengo allá arriba, que me están esuchando”, confiesa la soprano Marcela Di Fonzo, quien admite que desde niña tuvo una conexión muy especial con este arte: “La música afro de cualquier parte del mundo me encanta. Afroamericana, gospels, afrobrasileña, afroperuana; la música latinoamericana y la salsa.”

Compartir, conocer, interpretar en vivo y especialmente el provecho son unas de las muchas fortalezas de este coro, en el que el trabajo se convierte en un gusto más que adquirido, así lo considera el tenor Héctor Bidave, quien de niño soñaba con un trabajo que lo hiciera viajar, un sueño ya cumplido: “Poder trabajar de lo que me gusta, lograr que lo que yo hago trabajando para mí no signifique un peso. Poder ser útil en algo y servir a los demás con la música. El estar contento con lo que hago y con lo que mi familia también está contenta.”

Tanto para Di Fonzo como para la también soprano Angie Asensio, el coro se convirtió en más que un lugar para expresarse lírica y artísticamente, también fue el lugar donde encontraron el amor de sus vidas: “Me dio el amor, alegrías y emociones de compartir con mis afectos y amigos. Me dio muchísimas maravillosas”, afirma Di Fonzo. Para Asensio, el venir de paso a Buenos Aires hizo cambiar el rumbo de su vida: quedarse a trabajar de lo que más le gusta, “estar cantando con tanta gente y sentir esa conexión con todos”, confiesa.

En vivo. Este coro, que ha interpretado su repertorio en casi todo el suelo argentino, también lo ha hecho en el chileno y el paraguayo. La música, la que los ha llevado a este lugar de encuentro, en el que sienten pertenencia y donde han encontrado su verdadera vocación, también los ha llevado a adquirir el sentido del trabajo.

Ante la presión de presentarse constantemente en vivo, Héctor afirma sentir "responsabilidad. También es una felicidad, una alegría, poder llegar al publico expresando algo y que a la gente le quede." Esa alegría se ve reflejada tanto en las melodías clásicas, líricas o populares que, comúnmente, el coro acostumbra ensayar e interpretar, algo que le provoca mucha felicidad a Angie, pues al ser licenciada en estudios de música popular con especialidad en canto, es un género que le apasiona profundamente.



Emociones. "Conocer lugares y gente que nunca pensé. Vivir experiencias de convivencias con mis compañeros. Me dio la posibilidad de también servir a los demas, ser útil, despertar sentimientos a las personas cuando canto. Emocionar y emocionarme. Pero fundamentalmente, la posibilidad de poder trabajar por algo, servir en mayor o menor medida a la gente que me va a escuchar, al país en general. Aunque la cultura esté tan devaluada, siento que trabajo por algo", son las palabras de la soprano Di Fonzo, sentimientos que también comparten sus compañeros.

La búsqueda de un estilo de vida en el que su pasión por la música se vea involucrada, la posibilidad de hallar nuevos caminos de comunicación entre el director y coreutas; el sentimiento de compañerismo y el intercambio ha sido unos cuántos de los muchos códigos que este coro ha implantado a sus integrantes, convirtiéndolos en verdaderos artistas y expositores de la música coral y lírica argentina.